Don Alfonso tenía 89 años y estaba en su lecho de muerte. El cáncer había ganado.
Sus tres hijos estaban a su lado: Roberto, María y Carlos.
Papá, ¿hay algo que quieras antes de partir? preguntó María llorando. Lo que sea, haremos lo posible.
El anciano, con voz débil, pidió:
Quiero... quiero ver a mis nietos... todos juntos... una última vez.
Claro, papá. Los llamaremos ahora mismo dijo Roberto.
Pero cuando empezaron a hacer las llamadas, la verdad dolorosa salió a la luz.
El primer nieto, Andrés, dijo:
Estoy muy ocupado con trabajo. Tal vez el próximo fin de semana.
La segunda nieta, Laura, respondió:
Es que tengo una fiesta importante hoy. ¿No puede esperar?
Otro nieto ni siquiera contestó el teléfono.
De los 8 nietos, solo dos dijeron que irían: el más pequeño, Miguelito de 12 años, y su hermana Lucía de 16.
Roberto, furioso, llamó a sus hijos mayores:
¡Su abuelo se está muriendo! ¿Cómo pueden ser tan insensibles?
Papá, es que el abuelo siempre estuvo ahí. Podemos ir mañana o...
¡NO HAY MAÑANA! gritó Roberto.
Pero no sirvió de nada. Los demás nietos no vinieron.
Don Alfonso escuchó todo desde su habitación. Una lágrima rodó por su mejilla.
¿Papá? María entró llorando. Lo siento tanto. No sé qué les pasó a mis hijos...
Don Alfonso sonrió débilmente:
Está bien, hija. Yo tampoco fui el mejor abuelo. Trabajé tanto que no pasé suficiente tiempo con ellos cuando eran pequeños. Ahora... ahora están ocupados con sus vidas.
No, papá. Eso no es excusa sollozó María.
Miguelito y Lucía entraron a la habitación.
Abuelo, aquí estamos dijo Miguelito abrazándolo.
Don Alfonso los abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban:
Gracias... gracias por venir...
Esa noche, Don Alfonso les contó historias de su juventud. Les mostró fotos viejas. Les dio consejos. Les dijo cuánto los amaba.
A las 3 de la mañana, Don Alfonso falleció pacíficamente, con Miguelito y Lucía sosteniendo sus manos.
En el funeral, los otros seis nietos llegaron llorando, llenos de culpa.
Andrés sollozaba:
¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué no cancelé esa reunión de trabajo? El abuelo me crió cuando mis padres trabajaban. Y yo... yo no estuve ahí cuando más me necesitaba.
Laura lloraba desconsolada:
Fui a una fiesta estúpida... en lugar de estar con mi abuelo... ¡Qué tonta fui!
Pero era demasiado tarde.
El abogado leyó el testamento. Don Alfonso dejó su casa y ahorros divididos entre todos sus nietos.
Pero a Miguelito y Lucía les dejó algo más: una carta.
Queridos Miguelito y Lucía:
Gracias por estar conmigo en mi último día. Me dieron el mayor regalo: tiempo y amor.
A ustedes les dejo mi reloj de oro, mis fotos y mis diarios. No porque valgan dinero, sino porque valoran las memorias.
Aprendí algo importante en mi último día: las personas ocupadas siempre están demasiado ocupadas. Hasta que es demasiado tarde.
Cuiden a sus padres. Visítenlos ahora que pueden. No esperen a que estén en su lecho de muerte.
Con todo mi amor, Abuelo Alfonso
Los demás nietos lloraron durante meses, cargando la culpa de no haber estado ahí.
Pero Miguelito y Lucía tenían algo que el dinero no podía comprar: el último abrazo, las últimas palabras, los últimos te amo de su abuelo.
Reflexión: El tiempo no regresa. Los después, los luego, los la próxima vez pueden convertirse en nunca. Ama a tus seres queridos AHORA.
Comparte y llama a tus padres o abuelos AHORA. Diles que los amas. Mañana puede ser tarde.
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